La aventura equinocial de Lope de Aguirre
Hacia 1559 comienza una expedición por el Amazonas (o el Marañón, como lo llamaban algunos) en busca del reino del Dorado. Según contaba la tradición o mitología india, había un rey en aquellas tierras que se bañaba cada día en oro y arrojaba, a modo de ofrenda, grandes pepitas de oro a un lago cercano. Pepitas del tamaño de una persona. Tal era la fortuna de ese pueblo que se permitía semejante derroche.
¿Y los españoles qué iban a hacer?, pues salir a descubrir y conquistar el reino del Dorado. Se formó un ejército al servicio del rey para la tarea y al frente se colocó don Pedro de Ursúa, un hijodalgo de no muy alta cuna. Tuvo Ursúa que recurrir en repetidas ocasiones a préstamos privados para financiar la armada y, aun así, fue necesario recurrir a soldados de dudosa fama. Por medio de un bando, el rey Felipe II perdonaba los crímenes de los soldados que se unieran voluntariamente a la expedición al Dorado; todo lo que consiguió fue rellenar las filas con criminales y maleantes, pero aun así consiguió juntar un ejército respetable.
Entre estos redimidos se encontraba Lope de Aguirre, nacido en Oñate hacia el 1512 y curtido en combate en las Américas. Sin herencia alguna y con pocas opciones de hacer nada en España, decidió partir a Sevilla (donde aprendió a domar
caballos) y de allí a América. Era una opción bastante inteligente, ya que los indianos solían amasar grandes fortunas de oro y plata gracias al botín de guerra o diferentes negocios. Defendiendo al rey en algunas ocasiones y en contra suya en otras tantas, Aguirre demostró su valía en la guerra. Tras crímenes varios, como el de matar a un juez tras cumplir la condena que le impuso, acabó huyendo y escondiéndose en una cueva durante algún tiempo. Era ya un viejo de unos 50 años, cojo por un arcabuzazo y con heridas de guerra por todo el cuerpo cuando se le presentó la oportunidad de la expedición del Dorado. Llevaría consigo a su hija, de la que se desconoce su madre, que nos deja ver el lado más humano o más protector de Aguirre. Elvira era una de las pocas razones por las que Aguirre luchaba.
A partir de aquí prefiero dejar de contar, para ello hay tanto literatura como cine. Entre lo primero y lo segundo, por lo que he podido ver y leer, apostaría por lo primero. La equinoccial aventura de Lope de Aguirre de Ramón J. Sender es un relato muy completo desde principio de la expedición hasta el final de Aguirre. Es una lectura realmente entretenida, la historia no deja lugar a respiro, y no excesivamente compleja. Se agradece mucho además su veracidad, hasta el punto que llega a insertar, de manera bastante justificada, discursos, cartas y demás documentos reales en el transcurso del libro. Sin quedarse por ello en un simple relato de los hechos, incluye también reflexiones de lo más curiosas que coloca en boca de algunos de los personajes. A todo esto hay que añadir una descriptiva sobresaliente de los parajes selváticos así como de los personajes involucrados. Seguramente me deje en el tintero muchas cosas, pero esto es lo que más me ha llamado la atención.
En cuanto a la adaptación cinematográfica de Werner Herzog protagonizada por Klaus Kinski he de decir muy poco. Aguirre, la cólera de Dios, si por algo tiene que salvarse es por la actuación de Kinski en el papel de Lope. He podido leer alguna que otra crítica negativa a su actuación, pero creo que es de lo poco bueno que tiene la película. La historia de lo ocurrido en la conquista del Dorado se la pasa por el arco del triunfo el señor Herzog, hasta tal punto que llega a ser inverosímil la historia que él cuenta. El poco diálogo existente deja alguna perla, que no es mérito del guionista sino del propio Aguirre y su fama de sanguinario. La ambientación, sin embargo, me ha parecido buena y la caracterización de los personajes acertada. En suma, si por algo volvería a ver esta película no es por otra cosa que por el Lope de Kinski y algunos detalles más sin demasiada importancia.
Rostros del Pasado.
El Neolítico es un período comprendido en la Prehistoria o Protohistoria y está precedido por el Paleolítico y Mesolítico. Su nombre (”piedra nueva”) le fue dado por el descubrimiento de piedras pulimentadas por primera vez; pero este término, por efecto del tiempo y las investigaciones, es muy inexacto.
El descubrimiento de la agricultura, sin embargo, sería su rasgo más importante. Es este proceso de domesticación, tanto animal como vegetal, el que permitió al ser humano asentarse formando poblados, los cuales crecerían en paralelo a su capacidad agrícola. El ser humano pasó de una reconfortante vida como cazador-recolector a convertirse en un fatigado agricultor; se barajan varias explicaciones para este cambio pero no me detendré en ellas.
Como resulta ser costumbre entre los prehistoriadores (cual jersey de punto o aire campechano) el Neolítico está divido en varias etapas de acuerdo con características bien diferenciadas. Entre ellas, hacia el 8.000 a.C, se sitúa el “Neolítico Precerámico B” o PPNB (del inglés “Pre-Pottery Neolithic B”).
El PPNB se caracteriza por la ser la primera vez que se domestica a la cabra y a la oveja, especies de gran importancia aun en nuestros días. No es este aspecto el que me ocupa, sino una extraña y sin precedentes ceremonia de enterramiento.
Cuando moría un individuo era enterrado en el suelo de su misma casa, costumbre bastante extendida tras la sedenterización. El cadáver pasaba el tiempo necesario bajo tierra para que su carne fuese consumida y, blancos sus huesos quedasen al descubierto. Se exhumaba al difunto individuo pero con la intención de extraer sólo su cráneo, el resto del cuerpo era vuelto a enterrar en el mismo lugar.
El cráneo recibía un trato especial buscando revivir la imagen del difunto. Era con este fin con el que el cráneo se rellenaba con tierra o con arena, se recubría de yeso, amoldando sus facciones tal y como las recordaban, y, a modo de remate, se le colocaban unas pequeñas conchas para simular los ojos. Estos cráneos, realmente llamativos, se colocaban en la misma casa (a modo de retrato) o, en alguna ocasión, en pequeños templos decorados con pinturas.
En algunas de las pinturas que se han conservado vemos una cierta alusión a la ceremonia aquí comentada. En el templo de Catal Huyuk (abajo), podemos ver la figura de un buitre devorando a unos individuos decapitados; hay que decir que aun no se sabe que significan estas pinturas ni su simbología.
Lo hiciesen con la intención que lo hiciesen, han conseguido ofrecernos una visión cuanto menos curiosa de su aspecto y costumbres. Sus facciones moldeadas con el yeso sobre el mismo cráneo y los ojos, simulados con pequeñas conchas, nos permiten mirar a la cara a estos auténticos rostros del pasado.